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“El que se enoja… pierde”

A lo largo de mi vida he incursionado en todo tipo de aprendizaje, y a pesar de no haberme titulado, a muchos los he abrazado con pasión y disciplina.
Sin ingresar en el terreno literario, dirè que la filosofía ha aportado mucho en mi formación pero, en mi ahínco por mejorar hice cursos, leì libros, en definitiva: me formè en forma autodidacta.
Además debo confesar que viví 4 años con un profesional en psicología, lo que me permitió disponer de libros en la materia y durante los cuales intenté leerlos todos.
Pero fue el campo laboral el que me incitó a hacer cuanto curso había disponible y leer lo que consideraba podría ayudar en mi formación.
Es asì que incursioné en inteligencia emocional de la mano de Daniel Goleman y otros. Realicé algunos cursos y lecturas de Programación neurolingüística, autores como Richard Bandler, John Grinder, Pierre Longin, etc. Leí y me apasioné con el Pensamiento Sistémico con Peter Senge, Edward De Bono, y Alberto Levy tratando de aprehender sobre la Quinta Disciplina y a pensar con 6 sombreros.
Pero es la sabiduría popular lo que siempre me sorprende.
Escuché alguna vez a un filósofo contemporáneo decir: “el que se enoja, pierde”.
Lo mantuve en mi memoria para insertarlo en diferentes situaciones de la vida y… vaya aprendizaje.
Para finalizar voy terminar con una idea robada de algún libro leído alguna vez y convertida en narración.

“Esta historia transcurre en un bar temático ubicado en las cercanías de una plaza y una iglesia. El cartel de ingreso sobre el frente era importante y tenuemente iluminado. Al ingresar uno tenía la sensación de proyectarse en un viaje a la antigua Europa. Afiches vetustos adornaban las paredes, una vieja rocola sonaba sin dar pistas del dueño de la voz, estantes con bebidas que no se consumieron por años y un mostrador de madera que parecía no tener fin.
El dueño estaba detrás del mostrador y sus ropas -aunque pulcras- parecían tener la misma antigüedad del bar. No había muchas mesas pero por estar siempre vacío, lo hacía parecer más grande de lo que en realidad era. Los pocos habitués que visitaban el lugar, parecían estar en su propia casa o, haber pasado mucho tiempo en el mismo lugar.
Su dueño se llamaba Marco, y se ocupaba de avisar: -sin ese-. Uno podía imaginar un cabello blanco debajo del sombrero rojo que le cubría la cabeza y un carácter fuerte que era refrendado con una estatura y un cuerpo robusto. Cuidaba la reputación del bar y no permitía ningún desorden.
Lo apodaban “caldera” porque tenía la particularidad de enojarse con facilidad ante situaciones inesperadas. Esto le valió cierta fama, que provocó que propios y ajenos se afanaran en generar las circunstancias para desatar su ira. En torno a ello se realizaban apuestas y toda clase de predicciones.

Un atardecer, entra al bar una persona desconocida. Su aspecto era desalineado. Cargados de prejuicios vimos en ese hombre, rasgos de suciedad. Su cabello parecía no haber visto un peine en mucho tiempo, aunque lo sujetaba un rodete que permitía ver su cara. Pantalones elastizados en la cintura, ojotas desteñidas por el tiempo y una camisa hawaiana abierta de punta a punta. Llevaba un monedero pequeño seguramente adquirido junto a las ojotas y lo cubría con sus manos que adivinábamos sucias.

Se sentó en el medio del mostrador, miró de frente a Marco y dijo:
– Una cerveza.
– Bien helada, por favor.
-Aquí tiene señor- dijo Marco.
-Cuanto es? – preguntó enseguida.
– Treinta pesos, maní incluido.
El cliente bebió de un sorbo la mitad de la cerveza, colocó un billete de $10 sobre el mostrador frente a él. Bajó de su silla, fue hasta el extremo derecho del mostrador pasando frente a los pocos clientes presentes y colocó otro billete de $10, y después se dirigió al extremo izquierdo donde puso el tercer billete. Volvió a su asiento y terminó la cerveza.

Marco sintió estallar de cólera, pero como había estudiado inteligencia emocional, debido a su carácter, se obligó a mantenerse tranquilo y recogió los tres billetes.
Volvió hacia a su cliente, justo frente a él.
Este se marchó sin decir una palabra.

Las risas y bromas groseras -licenciadas por horas de permanencia- ,hicieron arrepentirse a Marco de su buen comportamiento. Y juró venganza:
-Si está tan seguro de haberme humillado, volverá mañana. Lo estaré esperando- dijo Marco.
En el bar no hay muchos espectáculos. En realidad no hay ninguno, por lo que al día siguiente el local estaba inusualmente lleno.
Atardecía lento, pero como si hubiera habido una hora señalada, llegó puntual. Entró y se detuvo un instante. Luego con paso decidido fué directo frente a Marco, que lo esperaba justo en el medio del mostrador, detrás de él.
Se sentó lento y con corrección, pidió una cerveza y pagó inmediatamente con un billete de $50. Tomó un puñado de maníes y los volvió a poner en el plato como si los estuviera contando.
Vimos los ojos de Marco escrutar con su mirada de arriba hacia abajo, y de derecha a izquierda, como cuando se busca en la memoria pasiva recuerdos recientes. La imagen ya almacenada activa las neuronas, creando su propio mapa, su propia percepción del mundo.
Con una breve y ligera orientación del espacio y conciencia, sonríe levemente y dice: -enseguida-.
Quienes conocían a Marco sabían que sus emociones eran una tormenta límbica, sin imaginar si en su cerebro se proyectaba informaciones ligadas al placer o al displacer.
Tomó el billete lentamente y sin mirarlo a trasluz. Fue hacia la caja y tomó 2 billetes de $10. Se dirigió hacia el extremo derecho del mostrador y dejó uno. Luego y sin mirarlo a los ojos, caminó interminablemente hasta el extremo izquierdo y dejó el otro billete. Volvió a su lugar y abanicó el salón con la mirada.
El hombre bebió su último sorbo de cerveza, sacó un billete de $10, lo puso frente a Marco y le dijo:
-Otra cerveza, por favor.-“

01.Dec.12 El Baúl

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